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Estás frente a mí, ante el sol del amanecer y agradezco tu compañía que ablanda este recomenzar en retorno. Estás, como una reina pálida, iluminada por este sol que ha llegado poco después de mi tormenta. Tu cara perfilada por una nariz fina y puntiaguda. Sé que te concentras en los recuerdos [...]
Hoy desperté, me di media vuelta sobre la cama y procuré ignorarme unos minutos más. La alarma volvió a sonar. Extendí el brazo, la busqué resignada, patee las sábanas y me senté en la orilla. Miento: esa fue la primer palabra que pronuncié en silencio. Tengo que irme de aquí: fueron las siguientes.
Porque el terreno sólido se ha derretido en tedio y yo me quedo dormida entre parques y lecciones. Las alturas se han cubierto de insomnio, de palabras y de asaltos intempestivos dentro del pecho. Tengo los sentidos alerta para no caer, mas sabré aún acomodarme entre tus piernas.
Sé que me harás falta, me haremos falta. Y te buscaré en los camellones del periférico y entre las apretadas pirámides de Cuicuilco. Me iré de casa por la mañana cuando la ciudad duerme y me plantaré cerca de los márgenes de la ciudad –que no existen- para invocar a la cigarras muertas.